miércoles, 27 de septiembre de 2006

No tiene título

El joven estaba sentado en la orilla de su cama. Un pequeño libro sostenía su cuerpo. Con los ojos sembrados en los surcos de los párrafos creía, con pertinencia, que esta vez ya había vencido el sueño. No recordaba por qué continuaba con la manía de postrarse a orilla de la cama, si ya había abandonado tal costumbre -de retar su cerebro para terminarse un libro completo. Una sensación casi nula invadía su espalda, su abdomen, su estomago, hasta terminar con los brazos. No podía imaginar la pertinacia de esa sensación. Hasta cuándo seguiría a disposición de que la más noche comiera su más luz de su cuerpo. Después de algún rato el libro queda inconcluso. Toma una libreta de apuntes y anota ciertas cosas que interesaron del texto. Eran, vaya, lo que formaban para el joven el cuerpo de la lectura. Él concebía desde tiempo atrás que el discurso es parte medular de los comportamientos, al discurso en los textos, es decir que desde la narración se crea una marcada tendencia creacionista. Eso le encantaba al joven. La creación de los lenguajes era algo que le había fascinado demasiado. Eso lo había llevado a experimentar con posiciones, formas, métodos de lectura que demostraran la implacable fuerza de devorarse un puñado de palabras. Hasta poner en práctica fuera de los textos. Pero esta vez era extraña la posición. No sabía el por qué se encontraba a orilla de la cama, aunque sí recordaba por qué lo hacía con anterioridad. Esta vez sólo recordaba esa sensación en su cuerpo que no podía definir. Era algo inconcluso –hacía que su cuerpo temblara sin explicación al querer recordar. Sólo una palabra podía mencionar… y temblaba ¡ah! podía sentir una sensación muy chida, aceptaba que lo que le pasaba era sensación bonita...
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Marco Antonio Castañeda
Nota: El final no me gustó mucho, pero me parece buen texto. De todos modos quizá la imagen no se relaciona, pero al leerlo me hizo imaginarme esa foto.

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